miércoles, 24 de octubre de 2007

Cine y educación

Como es un lugar común decir que el cine sirve a la educación, yo sostengo aquí que todo depende de lo que el maestro pretenda obtener. Existen antecedentes de enseñanza audiovisual desde los escritos de Comenius, y era lógico que en cuanto surgió la imagen móvil se pensara en usarla con fines educativos. También es cierto que toda la cotidianidad de una época, las costumbres y gestos usuales, las formas de cortesía y de vestuario, pueden preservarse o recrearse en el cine. Sin embargo creo que las escuelas, sobre todo en nuestros tiempos, no deben quedarse con esta imagen del cine como vehículo educativo.


Me explico. Generalmente, por efectos de la industrialización y la tecnología, se piensa lo educativo desde el punto de vista del currículum. Desde esta perspectiva lo que transmite oficialmente la escuela son meros conocimientos. Si siguiendo este fin se proyecta a los alumnos una película, los maestros terminan negando la estética de la obra para hacer lo mismo que se hace con los libros de texto: una lectura reproductiva.

El concepto ‘lectura reproductiva’ pertenece a Gadamer y alude a quienes leen pretendiendo agotar el sentido del texto sin involucrar su propia subjetividad. Quienes actúan así están ignorando que nuestra lectura de un libro es siempre diferente. El libro no cambia: nosotros cambiamos. Y el escritor siempre dice algo más de lo que quería decir porque todos aportamos algo al texto. Querer limitarse al estricto significado del libro es negar incluso la comprensión, que consiste en contextualizar, relacionar y utilizar el mero contenido.

La lectura, la verdadera lectura, es productiva porque en vez de leer nos leemos. De la misma manera, el sentido de una película no se agota en las pretensiones del director. Está determinado por los espectadores, por cada espectador. Depende también del momento histórico porque toda lectura del pasado se realiza siempre en función del presente.


El cine es ante todo una obra humana: constituye una trama multisemántica en la que música, imágenes y desarrollo del drama contribuyen en conjunto a crear la percepción de un mundo aparte, sostenido en sí mismo. Si pensadores como McLuhan lo han llamado ‘aula sin muros’, se debe a que su poder educativo trasciende lo cognoscitivo para involucrar nuestros afectos, emociones y sensibilidad. El cine sirve para enriquecer nuestras identificaciones, para ampliar nuestros horizontes con la imagen siempre nueva de un beso o una batalla. Si es buen cine su efecto es principalmente estético, y esto significa que hace con nosotros (o nosotros hacemos con él) lo que hace una poesía o una canción: nos transforma para siempre. En otras palabras, la visión del mundo y de la vida que conlleva una película está dirigida al diálogo y en la medida que lo veamos así nos enriquece.

Después de estas observaciones, creo que se entenderá por qué pienso que, en asuntos de cine, los alumnos deben liberarse de la desviación docente. El Color Púrpura va más allá del discurso feminista, lo cual no significa que no sirva para comprender cómo una mujer pobre y de color logra liberarse de su triple atadura de género, raza y status social. Las Uvas de la Ira es más que el drama de la emigración y refiere a todos los seres humanos como expulsados de la tierra. Después de todo, en los hechos, todos tenemos capacidad para ir más allá del maestro que nos quiere acercar a lo ambiental mediante Danza con Lobos y Gorilas en la Niebla o a través de las maravillosas películas de Jean Jacques Annaud, Dos Hermanos y El Oso.