sábado, 10 de noviembre de 2007

Deliciosa rebelión


En un post anterior hablaba de la ecosofía, ese sistema filosófico creado por Felix Guattari que plantea la necesaria existencia de tres ecologías integradas e interdependientes: la ambiental, la social y la mental. Como ejemplo vivo de ecosofía me gustaría destacar la existencia de un movimiento internacional que cada vez gana más adeptos en el mundo: el Slow Food.


Nacido en Italia en 1986, el Slow Food se propone como opción a las papas fritas, los hot dogs, las hamburguesas, los refrescos embotellados y toda la Fast Food o comida rápida. La agitación de la vida moderna nos ha llevado a perder los deliciosos sabores de las abuelas, a comer rápido sin saborear la comida ni rendirnos al placer del paladar, a privilegiar la chatarra en vez de consumir las delicias culinarias locales. Lo vi hace años en la universidad donde trabajo: una señora de Escuinapa que vendía tamales de camarón todos los sábados, dejó de asistir porque los estudiantes de las nuevas generaciones prefieren cada vez más los sándwiches con Coca Cola.


Desgraciadamente la gastronomía mexicana –tan envidiada por los franceses- se está perdiendo y cada vez ve uno más niños McDonald, futuros traga chatarra, comiendo sabores estándar, educando su paladar para las frituras de la globalización.



Contra todo esto, el movimiento Slow Food propone reeducar el gusto, salvaguardar las tradiciones culinarias, preferir los productos de la agricultura tradicional, rescatar las comidas locales que generalmente son lentas (por ejemplo la ‘leche’ en los raspados de Concordia se consigue batiendo toda la noche el contenido de un balde hasta reducirlo a uno o dos litros; la birria tradicional se prepara lentamente; los tamales son un producto laborioso).


Los integrantes de la organización Slow Food combinan la tranquilidad y el placer de comer (ecología mental) con una defensa de la dignidad cultural, las recetas tradicionales, las técnicas de cocina locales y las formas milenarias de agricultura (ecología social) y un sentido de responsabilidad hacia el ambiente, pues todo esto implica preservar la flora y fauna locales, muchas veces en peligro de extinción, y privilegiar la agricultura orgánica (ecología ambiental).



Una buena noticia es que Slow Food realiza por primera vez en América su Congreso Internacional. Del 8 al 11 de noviembre estarán en la ciudad de Puebla los cheffs de todo el mundo afiliados al movimiento, presenciando conferencias, exposiciones, muestras de artesanía gastronómica y degustaciones de platillos. Con esta deliciosa rebelión mundial a la que seguramente habrá muchas adhesiones mexicanas, el movimiento ecosófico avanza lento y seguro como un caracol, contra el capitalismo mundial integrado.